Continuación

Efectivamente, una de las motivaciones de este arduo esfuerzo es la observación de la desintegración doctrinal, política y práctica, probablemente irremediables, del otrora gran conglomerado progresista y de izquierda, en todas sus variantes. A mi entender, los radicalismos decimonónicos de significación proletarista, que hunden sus raíces en la recusable obra de los “filósofos” e ilustrados del siglo XVIII, son en lo fundamental incoherentes y engañosos, erróneos y reaccionarios, estando en el presente, además, del todo superados por la evolución de la realidad social. Ello invita a su sustitución por nuevas proposiciones intelectivas complejas extraídas no de teorías o doctrinas sino de la observación y la experiencia reflexionadas, si se desea retener, una vez reformulada, la noción de revolución como crucial acontecimiento político positivo. Tal es una de las metas de este análisis.

El análisis de una revolución democrática ha de ser político, planteado en primer lugar una atención escéptica a las principales constituciones de nuestra historia, las de 1812, 1869, 1931 y 1978, en particular a ésta última, hoy en vigor. Pero no ha de ser politicista, puesto que considera que el pensamiento y el obrar políticos han de ir unidos a específicas proposiciones analíticas, al mismo tiempo normativas, en el terreno de la historia, la filosofía, el bloque formado por la comunicación, el espectáculo y la educación, la economía, el derecho, la ética, la vida del espíritu, la auto-construcción del sujeto y otras disciplinas.

Ello se expresa en la refutación de la ética hedonista y la ética-política eudemonista, en la preferencia por la sociabilidad frente al egotismo, en el pormenorizado análisis de la sociedad de la información, en la crítica de la tecnología y en la sección, netamente filosófica, destinada a desmontar la noción misma de teoría, desde que es formulada por Euclides y Platón hasta el presente, lo que lleva a la magnificación de la categoría de verdad, siguiendo a Zubiri. De ello resulta una consideración negativa de la intelectualidad, en la estela de Luciano de Samósata, así como de los aparatos que en las sociedades contemporáneas se ocupan, según se dice, de la transmisión y creación del saber, sobre todo la universidad.

El análisis histórico ocupa un espacio importante, en primer lugar la revolución liberal y la formación del capitalismo, asuntos en los que se formulan interpretaciones innovadoras, apoyadas en abundante bibliografía, extraídas de los hechos históricos y ajenos a los diversos dogmatismos en circulación.

De todo ello resulta un análisis no especializado y diferente a toda forma de monismo, multidisciplinar y, por tanto, complejo, de la misma manera que enrevesada y variadísima es la peripecia vital de los seres humanos, como individuos, como sociedad y como historia. La vida no es ni puede ser especializada, sólo los dogmas y las teorías lo son, asunto en que reside una de los motivos del antagonismo de éstas con la verdad.

Este análisis no se queda en la crítica sino que, dando un decisivo paso más allá, acepta el compromiso de ofrecer un haz de propuestas constructivas de significación estratégica, englobadas dentro de la noción de revolución al mismo tiempo democrática, en la esfera de los valores, interior al sujeto, o espiritual, y civilizante. En tal amalgama una categoría central es la de libertad de conciencia, cuya conculcación por la actual sociedad, de la comunicación, la escolarización forzosa y el espectáculo, es presentado como un intolerable suceso que dama por una revolución.

Cuestión esencial en este análisis reside en constatar que en las sociedades de la modernidad madura, tal como han sido constituidas en Occidente desde el final de la I Guerra Mundial, existe un enorme déficit de libertad: de conciencia, política y civil, que sólo puede ser remediada con una gran mutación liberatoria. Tal ausencia de libertad tiene como resultante más penosa la liquidación, históricamente realizada y ya casi del todo consumada, de la esencia concreta humana, que está constituyendo una muy aflictiva posthumanidad, por mutación regresiva inducida. Tal es, al mismo tiempo, undesviarse de la senda de la civilización para ir a dar en formas múltiples y cada vez más aberrantes de incivilidad y barbarie. La conclusión última es que, de no ponerse remedio a tal estado de cosas, en sólo unas cuantas generaciones se consumará el paso definitivo, y seguramente irreversible, a un estado consolidado de infrahumanidad, al perderse, o reducirse a expresiones irrelevantes, las facultades y atributos que en el pasado caracterizaron a los seres humanos, el entendimiento, la voluntad, la memoria, la sociabilidad, la sensibilidad, la magnanimidad y el sentido moral, sobre todo.

Ello otorga al trabajo realizado un grado apreciable de dramatismo, e incluso de desesperación, pues vincula, a través de una combinación laboriosa y difícil de análisis político, axiológico, filosófico e histórico, al régimen contemporáneo de tiranía, política tanto como mediática e intelectual, con la aniquilación de lo humano y con la apoteosis en curso de la barbarie y la incivilidad, enfatizando que su causa, principal aunque no única, es el ente estatal hipertrófico resultante de la culminación victoriosa de la revolución liberal. Este es la gran potencia negativa a criticar y erradicar, en beneficio de la soberanía omnímoda de la sociedad política-civil manifestada en un régimen de democracia (en el sentido de lo que los politólogos ortodoxos llaman democracia directa o asamblearia), si se desea que los seres humanos sigamos siendo eso, humanos, incluso en un futuro inmediato.

Las posiciones expresadas en el conjunto de análisis que se comprenden en esta página no sigue a ninguna escuela de pensamiento del presente o el pasado (sí bien toma enunciados, reflexiones y recomendaciones parciales de no pocas), al considerar que lo trágico de la situación demanda la creación de un nuevo cuerpo de ideas que sea apto para comprender lo que está sucediendo, en toda su colosal gravedad y complejidad, así como para orientar la acción transformadora, capaz de devolvemos al mismo tiempo, a un nivel superior, la libertad, la democracia, la condición humana y un estilo civilizado de ser y vivir. Es, por tanto, al menos en la intención, innovador en numerosas materias, lo que puede encocorar a muchos pero que, por ello mismo, posiblemente se gane la simpatía, como es lógico no exenta de desacuerdos y discrepancias, de los mejores, de quienes contemplan, por lo general aún confusos y paralizados, el gran desastre civilizacional en curso.

Otro de los propósitos, es refutar el pensamiento ilustrado-liberal, en todas sus numerosas formas de manifestarse, para alcanzar un enfoque inédito y más verdadero de la historia, de la condición humana, del destino elegible y de las metas transcendentales a proponer. Desde hace más de 250 años prácticamente todos los pensadores han sido fieles a los fundamentos del descomunal cuerpo de doctrina urdido en los siglos XVIII-XIX, que es el hoy oficial y obligatorio. Este, considerado en su esencia y no, como es habitual, en sus expresiones episódicas, ha dado origen hasta el presente a un número casi infinito, mareante, de escuelas institucionales, y también a, por un lado, los fascismos, y, por otro, los proletarismos (marxismos y anarquismo). Mi criterio es que, para afrontar la formidable acumulación de nocividades en desarrollo que en la hora presente padece la humanidad se ha de romper con lo medular de aquella cosmovisión y construir paso a paso una de naturaleza original y renovadora, que ponga fin a siglos de hegemonía de un orden de pensamiento que tengo por tendencioso, equivocado, manipulador y liberticida.

Las pociones y análisis expuestos en esta página Web le dan a los distintos textos que la integran un tono severo y arduo, apasionado siempre y acaso excesivo en alguna ocasión. Hecho con ideas más que con palabras, en él el gusto por lo sublime se transforma, a veces, en una forma de expresión de lo terrible. La razón parte de la consideración de que no es tiempo de paños calientes ni de ejercicios de vacua retórica, dado que lo que está en cuestión es el ser o no ser de la humanidad. A ello se suma que la verdad, como hace observar Leopardi, suele ser desagradable, de manera que muy pocas veces puede exponerse, aunque se desee hacerlo, de modo festivo, indoloro y amable. Por todo ello, no es una obra optimista pero tampoco pesimista, pues lo apuesta todo a la exacta aprehensión de lo real, con la esperanza de que tenga alguna repercusión el situar en primer plano realidades, enfoques y proposiciones que, habitualmente, son ignoradas. Quizá si otros autores, estimulados por los contenidos de la página Web y, sobre todo, por la dramática evolución de los acontecimientos, se aplicasen a la reflexión de tales cuestiones, se puedan realizar avances de alguna importancia en el futuro inmediato, en la elaboración intelectual, en la mejora de la calidad del sujeto, en la superación del actual estado de inespiritualidad general y en la acción política liberatoria.

Entre los pensadores clásicos me he servido, y cito, sobre todo a Horacio, Cicerón, Epicteto, los filósofos cínicos, Sócrates, Salviano de Marsella, Plutarco, Luciano de Samósata, Sexto Empírico, Locke o Fénelon. De los actuales, o más próximos a nuestros días, han contribuido a configura los contenidos Kant, Leopardi, Feuerbach. Tocqueville, J. S. Mill, Jefferson, Orwell, Mumford, Weil, Morin, Kierkegaard, Huxley, Braverman y Arendt, citando a los más apreciados. Entre los clásicos autóctonos, Beato de Liébana, diversos fueros municipales y territoriales de los siglos XI-XIII, el iluminismo castellano del siglo XVI, Mariana, A. de Castrillo. Caxa de Leruela, A. de Guevara, Cervantes, Saavedra Fajardo, Cadalso (del que acaso provenga, en particular de “Noches lúgubres”, el hálito romántico que otorga acometividad y tensión a muchos de los planteamientos), Larra y, sobre todo, Martínez Marina. No quiero dejar de recordar a dos historiadores del derecho y juristas queme han ayudado a comprender cuestiones de mucha significación, A. García-Gallo y F. Tomás y Valiente.

De los pensadores contemporáneos de entre nosotros es remarcable la influencia de F. Urales y X. Zubiri, en particular “El hombre y la verdad”. Entre los politólogos en activo aprecio el rigor analítico de N. Bobbio. En el terreno de la historiología, evidente es la influencia de A. Sacristán y Martínez, así como de R. Altamira y S. de Moxó, indispensables para conocer con exactitud los orígenes políticos de la modernidad estatal y capitalista en España. Mucho valoro, así mismo, los trabajos de un cierto número de historiadores actuales, poco conocidos, que están realizando aportaciones notables por su fidelidad a las fuentes, los cuales son usados y citados con aprovechamiento en “La democracia y el triunfo del Estado”. Tales me han ayudado a refutar y superar la llamada “filosofía de la historia” hegeliana, de corte fatalista, teleológica y optimista, medular aún hoy en la cosmovisión del progresismo y de la izquierda, que en mi análisis es sustituida por una concepción del decurso histórico en la que lo determinante es la elección compleja y libre-finita de metas por el sujeto auto- constituido como potencial agente de calidad.

No obstante, ninguno de los autores mencionados es admitido en su totalidad, ni mucho menos, por lo que suelen ser citados ora de manera positiva, ora críticamente, aunque sólo hay uno que resulta considerado siempre de forma negativa, Nietzsche, lo que no sucede ni siquiera con el teorético y antidemócrata por excelencia, Platón. El contenido del conjunto de las ideas planteadas proviene, en lo más importante, del examen reflexionado de larga duración de la experiencia concebida como totalidad, y no de la aplicación de tal o cual sistema doctrinal. Son los hechos, la realidad, la experiencia, pensada y elaborada, no las teorías, ni los libros, ni las ideologías, lo que ocupa el lugar central, mucho más cuando no existe ningún autor, ni ninguna corriente de pensamiento, del pasado y menos aún del presente (edad tan chata y limitada intelectualmente), con quien me identifique en lo sustantivo.

Un último aspecto es que, al sostener argumentativamente que el actual orden político de “democracia representativa” no es ni perfecto ni completo, dado que no es ni siquiera democrático, creo estar sentando las bases para un renacer de las capacidades intelectuales, adormecidas y casi extinguidas por la propaganda institucional sobre que ya todo lo fundamental está logrado, estado de ánimo que contribuye a explicar el gran déficit de pensamiento creador que padecemos. Ello equivale a poner el acento en el futuro, esto es, en lo posible y hacedero como expresión compleja de libertad, frente al conservadurismo en curso, para el que sólo existe el presente, en la forma de lo que debe ser meramente preservado, creencia que degrada el futuro a una copia servil del hoy. Mi criterio es que es necesario, ahora más que nunca, atreverse a pensar de manera innovadora, rompiendo con 250 años de ceguera inducida, de errores descomunales, de desastres sin cuento, que nos han llevado a donde nos encontramos, en el borde mismo del abismo.

Félix Rodrigo Mora

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