Prólogo de Félix Rodrigo Mora al libro NACIONALISMO Y REVOLUCIÓN

BLOG DEL LIBRO NACIONALISMO Y REVOLUCIÓN

Es motivo de mucha satisfacción para mí prologar el presente libro, Nacionalismo y Revolución. El Estado nación y el paradigma de la Revolución Integral, no sólo por la amistad que me une a su autor, Enrique Álvarez Carrillo (conocido como Karlos Luckas en las redes sociales), desde hace muchos años, sino también porque formula con acierto y resuelve con agudeza mental -y muchas lecturas- diversas cuestiones de una importancia notoria en la hora presente.

En realidad, se hace bastante complejo realizar el prólogo de un trabajo como el presente, que si por algo se podría caracterizar es por su amplitud y complejidad, que requiere, sin duda, un arduo esfuerzo de estudio y reflexión. Si tuviera que realizar una caracterización sencilla del ensayo diría que es un estudio multidisciplinar sobre la cuestión nacional, abordado desde una perspectiva revolucionaria, tomando como elementos centrales de referencia la cuestión del estado y el poder. En él, se tratan todos los elementos que concurren en la cuestión nacional y el nacionalismo, desde una visión holística: histórica, ideológica, filosófica y política, con muchísimas lecturas y referencias, afrontando temas de una especial sensibilidad ideológica, de lo cual resulta eminentemente un texto polémico por lo que un pronunciamiento “absoluto” es problemático. En él, se trata de también de desmontar la concepción del nacionalismo del Estado español, así como el nacionalismo de las llamadas “naciones oprimidas”, lo cual es, además de complejo, controvertido. Pero ese es justamente su valor.

Para empezar, diré que he disfrutado mucho leyendo las Notas Autobiográficas. Aunque conozco a Enrique desde hace más de 35 años no sabía que hubiera sido un chico tan travieso, capaz de realizar variados tipos de diabluras infantiles. Eso es sano, muy sano, todo un ejemplo para la desventurada infancia actual, confinada en una escuela hiper-adoctrinadora, contraria a los fundamentos más elementales de la educación natural, recluida en los pisos-habitáculos-celdas neocarcelarias de las grandes urbes desocializadas, por tanto categóricamente deshumanizadas, y para más inri amarrada con cadenas psíquicas de hierro a las pantallas, lo que me hace temblar cuando recapacito sobre el provenir de esta infancia, es decir, sobre el futuro de la humanidad.

Lo que expone de su madre, de su padre, del ambiente familiar, vecinal y popular en la sociedad canaria de hace medio siglo, es delicioso. Está bien escrito y tiene mucho brío, mucha sinceridad y mucha vida. Cuando se adentra en la narración de su compromiso político con el nacionalismo canario de finales del franquismo e inicios del régimen actual, de dictadura constitucional, parlamentarista y partitocrática, el interés se incrementa, pues lo que proporciona es un riguroso, pero al mismo tiempo colorista y vivaz fresco de Canarias en ese tiempo. Un testimonio que tendrá validez dentro de un siglo, es más, siempre, y que por ello ha de ser estudiado por aquéllos que en el presente y en el futuro deseen conocer verazmente qué sucedió entonces allí.

Al ocuparse el libro de Antonio Cubillo, el más conocido dirigente del nacionalismo isleño de entonces, fundador del MPAIAC (Movimiento para la Autodeterminación y la Independencia del Archipiélago Canario) mi alegría se multiplica. Lo diré con honradez: soy un admirador de Cubillo en tanto que persona, en particular desde que leí su libro Trópico gris, Semimemorias-2 (el calificativo es suyo) y, al mismo tiempo que estoy en rotundo desacuerdo con sus ideas y práctica política. En esto se equivocó por completo, desde el análisis de la naturaleza concreta de la sociedad canaria a la fijación de la estrategia y línea de acción internacional, pero en la descripción autobiográfica que hace de la sociedad canaria de los años 50 del siglo pasado acierta del todo. Ahí, en sus escritos, percibimos, casi sensorialmente, al pueblo canario como realmente fue, y disfrutamos con su singular encanto, notoria elegancia, descomunal vitalidad, exquisita sociabilidad y preclara sapiencia. Cubillo desacertó en política, pero nadie le puede negar, además de lo ya apuntado, una valentía rayana en la temeridad, un brío épico que deja boquiabierto al lector, una capacidad de arriesgarse, de sufrir y de pelear que es, sencillamente, ejemplar.

Como expone Álvarez Carrillo, la fórmula del derecho de Autodeterminación la inventa y acuña nada menos que ¡el presidente de EE. UU. Woodrow Wilson!, en 1918, siendo de inmediato admitida con fruición por el V.I. Lenin, el jerarca del nuevo Estado ruso-comunista imperialista. Vale decir, es obra de las dos grandes potencias ascendentes del momento. Su finalidad resulta obvia, arrebatar al viejo colonialismo europeo-occidental, Inglaterra, Francia, España, Portugal, Holanda… sus dominios, no para emanciparlos sino, naturalmente, para apropiárselos. Así pues, contiene un proyecto de expansión imperialista en las nuevas condiciones, como así ha sido, en beneficio, sobre todo, del imperialismo norteamericano que, valiéndose de tal formulación, ha logrado quedarse, en tanto que neo-colonias, con la gran mayoría de los dominios coloniales de las decrépitas potencias.

Es verdad que en mis textos anteriores utilizo la fórmula del derecho de Autodeterminación, por ejemplo, en mi libro La democracia y el triunfo del Estado. Fue un error hacerlo, pero mi comprensión de él era esencialmente diferente a la del nacionalismo. Exponía que la clave era el logro de la soberanía popular por “la nación oprimida”, en tanto que soberanía política, soberanía económica, soberanía cultural, soberanía histórica, soberanía mediática y soberanía lingüística. Así pues, ejercer dicho derecho era muchísimo más que organizar una votación, que realizar un referéndum efectuado en condiciones de parlamentarismo. Para empezar, el parlamentarismo no es democracia sino dictadura, dictadura del ente estatal y de los propietarios de las mega-compañías del capitalismo actual, y por eso mismo en tales condiciones no hay ninguna votación, ningún ejercicio electoral que puede ser calificado de libre, pues falta la libertad de pensamiento, por numerosas causas, de manera que la formación de la voluntad política del cuerpo electoral es no-libre. Si un pueblo se hace soberano entonces es libre, y puede participar consecuentemente en un referéndum autodeterminador, pero así concebido el conjunto se percibe que lo decisivo es el logro de la soberanía, que aparece como una conquista multi-revolucionaria, y lo adjetivo el elemento electivo final. Así pues, de facto, yo ya había marginado y reducido a un factor secundario la formulación sobre el derecho de Autodeterminación.

Quienes creen en los Estados y no en los pueblos desaciertan radicalmente.

El libro de Álvarez Carrillo aporta un amplio y bien seleccionado argumentario sobre las raíces ideológicas y teóricas del nacionalismo moderno, desde la revolución francesa hasta el presente, citando a autores como Gellner, Hobsbawm, Anderson, entre otros. De gran interés es el apartado consagrado al “pensamiento colonial y decolonial”, donde se estudia a ideólogos como Aimé Césaire, Frantz Fanon, Edward Said, Aníbal Quijano o Samir Amin, por nombrar a los más citados. Esta parte, como otras de la obra, se hace corta, sabe a poco, de manera que conviene estimular al autor a que siga escribiendo sobre estos asuntos. Tales autores son la voz de los que creyeron que los procesos de “descolonización” de los pueblos africanos y asiáticos posteriores a la II Guerra Mundial eran, efectivamente, movimientos de liberación, cuando la experiencia ha mostrado que se trataba, simplemente, de establecer una nueva forma de dependencia, la neocolonial, hoy existente. Su fe en las formulaciones del Estado-nación y en la teoría de la nación, con el derecho de Autodeterminación como componente sustantivo, les ha jugado una muy mala pasada. Resulta pintoresco que quienes denuestan el “eurocentrismo” se sirvan de herramientas intelectuales ciento por ciento europeas, occidentales… en este caso erróneas y averiadas, además.

El capítulo “La génesis filosófica del nacionalismo” acude a la raíz de éste, la revolución francesa, con sus textos constitucionales y sus proclamas estatales. Atrae la atención del estudioso la Constitución republicana francesa de 1793 cuando en su Preámbulo recoge la declaración del 25-9-1792 que declara a la república, por tanto, a “la Nación”, como entidad política, jurídica y social, “una e indivisible”, sobre la base del nuevo Estado francés republicano, muy superior en fuerza militar a cualquier otro que hubiera existido anteriormente en ese territorio. Pero no era “una”, primero porque dicha “Nación” era una mezcla de pueblos, de lenguas, de culturas, mantenidas unidas a la fuerza por el poder militar del nuevo régimen, que era tremendo. Y segundo, porque la división entre mandantes y mandados se hizo más aguda con la revolución, que por eso hace de la gente común (no de reyes, aristócratas y clérigos, como arguye la historiografía engañadora) el blanco principal, con mucho, de sus carnicerías, como fue el caso de La Vendée, esa descomunal matanza, ese inmenso genocidio cien por cien francés, nacional y republicano, perpetrado contra quienes, desde la inocencia y la moralidad, se resistieron al militarismo y despotismo de la revolución y la nación. De ahí salió, también, el terrorismo de Estado napoleónico, que ensangrentó a Europa. Tampoco era “indivisible”, pues todo dependía de los territorios y pueblos que en cada momento pudiera sojuzgar el Estado francés: hasta donde llegaban las bayonetas llegaba “la Nación”.

Útil es la parte del libro que prologo que destina a analizar los textos de Otto Hintze. Éste expone que el meollo del Estado, de todo Estado, es el poder militar. La conclusión es obvia: quien desee construir un “Estado nacional” tiene que hacerse militarista y vestirse de uniforme, no hay otra manera de hacerlo. Aunque hoy en Europa ya no hay lugar, en absoluto, para más “Estados nacionales”, como demuestra el episodio del “procés” catalán (2013-2018), que ha tenido en Bruselas-Berlín un enemigo mucho más contumaz y decidido que en Madrid. Así pues, hoy la cuestión de los pueblos dominados y oprimidos en Europa entra en una nueva fase, en la que las categorías del “Estado nación” y el derecho de Autodeterminación, que tuvieron algún significado práctico en el pasado, hoy son inviables, tanto como el ferrocarril a vapor en la era de los trenes de alta velocidad. Pero ¿entenderá esto alguna vez el nacionalismo estatolátrico y pro-capitalista de “nación oprimida”, esa antigualla que todavía colea por nuestros lares? Debería mirar el calendario y darse cuenta de que estamos en el siglo XXI, no en el XIX…

El libro que estoy prologando se adentra asimismo en el análisis del anarquismo y la “cuestión nacional”. A continuación, investiga la historia inmediata del País Vasco, aportando una amplia información, y después se encarga del “nacionalismo radical catalán”, que es seguido por el gallego. Ahora bien, la culminación de la obra reside, a mi parecer, en el capítulo final “La cuestión nacional en el siglo XXI. Nuevos paradigmas, nuevas estrategias”, dedicado a dos autores, Murray Bookchin y Abdullah Öcalan, a los que valora positivamente, aunque sin dejar de manifestar diversas discordancias, lo que significa que los considera en sus contradicciones internas, dialécticamente. Del primero aprecia en particular su libro Historia, civilización y progreso, que lleva como significativo subtítulo Esbozo para una crítica del relativismo moderno”. Dicho autor preconiza, como estrategia de la revolución y de la liberación de los pueblos, ir constituyendo una red de asambleas de ámbito local desde las cuales avanza hacia la liquidación del poder estatal actual. Con ello queda negado la categoría de Estado nación, pues no se constituye ningún artefacto estatal, de modo que ya no hay “nación”, vale decir, pueblo dominado por un Estado, sino meramente pueblo, gente que no permite la emergencia de un poder elitista pues ejerce el suyo propio, el poder de la totalidad de la comunidad.

Todo ello es esperanzador, pero a Bookchin se le escapan algunas cuestiones. Una es la del individuo, pues toda asamblea es de individuos, de manera que la calidad de estos determina no solo la calidad sino la viabilidad de las estructuras asamblearias. Además, el oponente decisivo a cualquier orden estatal no es la asamblea sino el individuo, que sólo en un segundo momento se constituye en asamblea. Bookchin, antiguo marxista, no ha liquidado dentro de sí una de las peores anomalías (por no decir aberraciones) de la doctrina de Marx, su menosprecio por lo individual y por el individuo real. Pero si, en contraposición, se tiene al ser humano por decisivo hay que determinar una ética, una axiología, lo que los antiguos denominaron una teoría de la virtud, objetivo que llama a un rudo y dilatado trabajo para reconstruir un sistema de valores con significación en el siglo XXI. Otra carencia de aquel autor es lo referente a la gnoseología social, es decir, a la cuestión del saber. Dado que no es posible admitir la noción de “gobierno de los sabios”, fértil útero paridor de los peores monstruos sociales, hay que entrar en el debate sobre la sabiduría popular. Esto nos lleva directamente a aquellos felices periodos de la historia de Occidente en que la sabiduría oral, en tanto que sapiencia popular experiencial, era la dominante, la Alta Edad Media en algunos territorios europeos. Bookchin no logra comprender esto, que es decisivo (pensemos, por ejemplo, en la dicotomía derecho del Estado/derecho consuetudinario), porque su proximidad a la ideología libertaria se lo impide, pues ésta niega absolutamente la existencia y centralidad de la sabiduría popular, al concebirse a sí misma como un sistema de ideas rigurosamente doctrinal producido libro a libro por una elite de pensadores y propagandistas. Y, para terminar, la fórmula “municipalismo libertario” lleva a preguntar ¿por qué libertario?, ¿por qué de una ideología, ésa u otra?, pues debe ser el pueblo, concebido aideológicamente, como comunidad de los sin poder, el que debe ser sujeto de la revolución creadora de una sociedad libre, y no tal o cual ideología, que incluso con independencia de sus aciertos, siempre es parcial, siempre es de un sector de la población, cuando lo que se necesita es el gobierno de la generalidad, de todos.

Abdullah Öcalan, el conocido revolucionario del Kurdistán, que lleva decenios confinado a la fuerza a las ergástulas del Estado turco, es autor extensamente analizado, también porque él y sus afines llevan adelante una lucha por la liberación del pueblo kurdo, oprimido y fragmentado entre varios Estados, sin incurrir en los peores y más aciagos desaciertos de la teoría del Estado nación. La evolución de aquél desde el marxismo más montaraz a formas populares de concebir el cambio social es un acontecimiento de mucha significación, incluso a nivel planetario. En la cuestión “nacional” Álvarez señala coincidencias y discrepancias con él, en un sutil ejercicio de dialéctica que recomiendo al lector o lectora como lectura formativa del propio ingenio. Lo cierto, como apunta el libro que prologo, es que Öcalan se refiere a unas condiciones concretas bastante diferentes a las de Europa occidental, de manera que su “Confederalismo Democrático”, fórmula sonora y rotunda pero quizá un tanto simplificadora, mucho ha de ser reelaborado para adecuarse a nuestras condiciones concretas. Y además está la cuestión de sus debilidades y flaquezas incluso en tanto que teoría destinada al Kurdistán. Aún así, aporta baste de positivo y emancipador de las mentes.

El libro continúa su andadura ocupándose de los pueblos indígenas americanos, con un estudio de los mapuches, el movimiento zapatista y otros, destacando básicamente sus debilidades estratégicas y programáticas que los convierten en meros proyectos reformistas, que en última instancia están sirviendo para la mejora de la credibilidad y la eficacia de los Estados nación y su capitalismo subalterno.

Finalmente, Álvarez ofrece un “Esbozo de programa para la libre determinación de las comunidades y pueblos oprimidos por los Estados nación moderno capitalista”, en diez puntos. Dada la naturaleza concisa y precisa de esta sección del libro sólo me queda recomendar su lectura.

Félix Rodrigo Mora

 

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