VENEZUELA: “¿LO LLAMAMOS DICTADURA O TODAVÍA NO?» Mailer Mattié. Instituto Simone Weil

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL BLOG «INSTITUTO SIMONE WEIL». 

 A los jóvenes caídos en febrero

A los que están de pie, levantando barricadas

«Nada en el mundo puede impedir al hombre sentir que ha nacido para la libertad. Jamás, suceda lo que suceda, puede aceptar la servidumbre: porque piensa (…). Solo una visión clara de lo posible y lo imposible, de lo fácil y lo difícil, de las dificultades que separan el proyecto de la realización, borra los deseos insaciables y los vanos temores, de ahí y no de otra parte proceden la templanza y el valor, virtudes sin las que la vida es solo un vergonzoso delirio».

SIMONE WEIL (1934)

     Desde el siglo XX, Venezuela ha vivido cincuenta años de dictadura, cuarenta años de seudo democracia y, durante los últimos quince años, la izquierda transformó el país –como si de un conejillo de indias se tratara- en campo de experimentación para teorías postsoviéticas, urdidas tras bastidores por los intereses de siempre. Cuando Hugo Chávez salió de la cárcel y comenzó la campaña electoral en 1998, se adscribió a la llamada Tercera Vía propuesta por Tony Blair, líder del Partido Laborista y ex primer ministro británico; al llegar a la presidencia en 1999, se aferró al nacionalismo petrolero y en 2007 se proclamó partidario del socialismo del siglo XXI, una amalgama teórica insostenible. Así arribamos al esperpento actual sin nombre que ha destruido a la sociedad venezolana, cuyo objetivo ha sido apenas cambiar de manos el poder que controla la renta petrolera como sostén del capitalismo estatal. Cualquier otra interpretación, es simple propaganda.

     En este contexto, entonces, es posible comprender la relación del gobierno venezolano con la dictadura cubana, más allá de la simple argumentación ideológica: responder a la necesidad de financiamiento de los Castro para mantenerse en el poder, a cambio de contribuir al fortalecimiento del Estado rentista -instaurado por los gobiernos de la derecha en los años setenta del siglo pasado, a raíz del aumento exponencial del precio internacional de los hidrocarburos y la nacionalización de la industria petrolera-, fuente de clientelismo, corrupción y pérdida de autonomía y libertad de las personas. Así, a cambio de petróleo barato y otros recursos, Venezuela recibió apoyo logístico, administrativo y militar para fortalecer las fuerzas armadas, el control social, los instrumentos de propaganda y adoctrinamiento, la burocracia y el alcance político del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela).

     Las fuentes de financiamiento para el proyectado crecimiento estatal, han sido los ingresos petroleros –por diversas causas, incluyendo la invasión a Irak, el precio del petróleo ha aumentado sostenidamente, hasta que superó en 2008 el nivel de los 100 dólares el barril, por primera vez en la historia del mercado energético- y la deuda externa, principalmente contraída con China y Rusia, privilegiados proveedores de armamento e insumos del gobierno de Hugo Chávez. No hay que olvidar tampoco que USA siguió siendo el mayor comprador de petróleo venezolano, lo que convierte el insistente y machacante discurso antiimperialista en una parodia de carnaval. Un esquema de frágil consistencia, sin duda, cuya insostenibilidad se ha agudizado progresivamente, confirmada cada vez más por la caída de las importaciones que ha afectado gravemente el abastecimiento nacional de alimentos (el setenta por ciento de lo que se consume es de origen externo) y otros productos básicos, el desempleo, la corrupción galopante, los altísimos niveles de inflación (el gobierno ha tenido que emitir dinero para hacer frente a los gastos internos, principalmente el mantenimiento de las llamadas misiones sociales dirigidas al control de la comunidades populares) y la escasez de divisas. El creciente deterioro social, además, aumentó de forma inaudita la inseguridad en las calles generando miles de asesinatos, al mismo tiempo que las tímidas protestas de los estudiantes comenzaron a ser reprimidas por los grupos paramilitares, utilizados también para amedrentar a la población en general.

     Surgió así un escenario propicio para que la derecha avivara la lucha por el poder. No obstante, aguardaban sorpresas. A partir de los recientes sucesos del 12 de febrero, en efecto, comprobó que su control sobre el movimiento estudiantil se había convertido en ficción y, asimismo, que un considerable porcentaje de la oposición se estaba desvinculando de los partidos políticos que forman la Mesa de Unidad (MUD), aun cuando ganaba apoyo en las clases medias Voluntad Nacional, la organización que preside el líder detenido Leopoldo López.

     Por otra parte, febrero ha demostrado también que uno de los mayores fracasos del chavismo es aquel que manifiestamente ilustran las protestas de los jóvenes, auto convocados a través de las redes sociales en la mayoría de las ciudades del país, cerrando las calles con barricadas improvisadas para defender a la población de los ataques violentos de la Guardia Nacional Bolivariana y de los grupos paramilitares. Una generación que ha crecido escuchando los incendiarios y continuos discursos del fallecido Hugo Chávez por TV, en medio de la ascendente y radical hostilidad que ha separado a las familias, a los vecinos y a los amigos. Con ellos, sin embargo, el chavismo naufragó en su intento de convertirlos en seres humanos mediocres, fracasados, adoctrinados, víctimas, domesticados y siervos del partido y del poder estatal.

   Hablo de millones de jóvenes que han logrado mostrar al mundo la feroz maquinaria colectiva que –como diría Simone Weil- pretendía destruir sus corazones, aplastar su espíritu y conducirlos al vértigo. Con sus acciones, al elegir la lucha y la solidaridad, han permitido desenmascarar la realidad, abriendo un tragaluz en ese cuarto oscuro que a menudo solemos identificar con el futuro. Dos semanas en las calles han bastado, no solo para obligar a la derecha a revisar sus estrategias; los jóvenes han tenido la capacidad y la valentía de revelar al mundo, vía Internet, la cara oculta de un régimen diestro en el engaño y la manipulación: nos han demostrado que, al fin, es posible comenzar a derrotar la falsa realidad que se construye siguiendo las instrucciones de los amarillentos manuales soviéticos de propaganda que hoy, simbólicamente, arden en las barricadas en las calles de Venezuela. El rostro encubierto de un régimen militarizado que ha convertido, incluso, a las mujeres en soldados sin piedad que, bajo el mandato de la Ministra de Defensa y en nombre de la igualdad y el socialismo, acatan sin dudar la orden de agredir salvajemente a otras mujeres.

     A las barricadas del siglo XXI, por otra parte, la izquierda en todos lados apenas ha podido responder desde el pasado, demostrando, una vez más, su tradicional predilección por el Estado. En efecto, al leer la innumerable cantidad de comunicados publicados por diversos comités, partidos, asociaciones y federaciones en apoyo al régimen chavista, contra el fascismo y el supuesto golpe de Estado en desarrollo (aunque no hay ningún detenido sospechoso de estar involucrado), es posible concluir que para estos grupos progresistas hay Estados buenos y Estados malos; en consecuencia, por ejemplo, los carabineros en Chile son muy malos y en Venezuela la Guardia del Pueblo es estupenda. Una izquierda transgénica y analfabeta funcional que pretende aún interpretar la realidad, usando la lengua muerta de la Guerra Fría; individuos ciegos, “incapaces no solo de someter sus acciones a sus pensamientos, sino, incluso, de pensar”, como escribió Weil hace 75 años, justo para seguir presente en nuestro tiempo. Un ruinoso muro, en fin, que obstaculiza la construcción de la verdadera democracia y el desarrollo de la convivencialidad: de esa democracia que aún no conocemos y que reclama la desaparición de los partidos, la libertad de pensamiento y de conciencia, la asamblea colectiva, la verdad, la justicia, la templanza, el valor y la legitimidad.

                                                                                                           Madrid, 27 de febrero de 2014

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